martes, 9 de octubre de 2012

El poeta Pablo García Baena, Premio Internacional de Poesía

           El pasado 8 de octubre el poeta cordobés Pablo García Baena fue galardonado con el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca en su novena edición, García Baena fue elegido entre los 43 poetas hispanoamericanos y España que optaban al galardón que convoca el ayuntamiento de Granada y que premia toda una trayectoria. El jurado destacó como García Baena es poeta "en el sentido más auténtico del término" y un ejemplo de que la poesía "es independiente de las modas y los modos".
            Premio Andalucía de las Letras en 1982, Príncipe de Asturias de las Letras en 1984, y Reina Sofía en 2008, García Baena ha sido candidato recurrente al Premio Cervantes.
            Empezó su trayectoria publicando poemas y dibujos en la prensa local bajo el seudónimo de Luis Cárdenas, y no fue hasta 1946 cuando apareció publicado su primer poemario en la revista Fantasía. Un año después creó junto a su amigo Ricardo Molina la revista Cántico, una de las más importantes de la posguerra española.
            Su poesía está marcada "por su brillantez y el magistral manejo del verso", como constató el acta del Príncipe de Asturias que recibió hace casi tres décadas. Su discreta andadura poética se ha caracterizado además por largos silencios, en algún casos de más de una década.
            Su talento poético se plasma poemarios como Rumor oculto (1946), Mientas cantan los pájaros (1948), Antiguo muchacho (1950), Junio (1957), Óleo (1958), Almoneda (1971), Antes de que el tiempo acabe (1978), Tres voces del verano (1980), Fieles guirnaldas fugitivas (1990), Prehistoria (1994) o Poniente (1995).
            Es también autor de prosas como Lectivo (1983), El retablo de la cofradías (1985) y Zahorí Picasso (1999). En 2008 el sello 'Visor' ha publicado la tercera edición de la poesía completa de García Baena, con prólogo de Luis Antonio de Villena.

 

Sólo tu amor y el agua...
Sólo tu amor y el agua... Octubre junto al río
bañaba los racimos dorados de la tarde,
y aquella luna odiosa iba subiendo, clara,
ahuyentando las negras violetas de la sombra.
Yo iba perdido, náufrago por mares de deseo,
cegado por la bruma suave de tu pelo.
De tu pelo que ahogaba la voz en mi garganta
cuando perdía mi boca en sus horas de niebla.
Sólo tu amor y el agua... El río, dulcemente,
callaba sus rumores al pasar por nosotros,
y el aire estremecido apenas se atrevía
a mover en la orilla las hojas de los álamos.
Sólo se oía, dulce como el vuelo de un ángel
al rozar con sus alas una estrella dormida,
el choque fugitivo que quiere hacerse eterno,
de mis labios bebiendo en los tuyos la vida.
Lo puro de tus senos me mordía en el pecho
con la fragancia tímida de dos lirios silvestres,
de dos lirios mecidos por la inocente brisa
cuando el verano extiende su ardor por las colinas.
La noche se llenaba de olores de membrillo,
y mientras en mis manos tu corazón dormía,
perdido, acariciante, como un beso lejano,
el río suspiraba...
Sólo tu amor y el agua...

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