domingo, 16 de diciembre de 2012

16 de diciembre, Día de la Lectura en Andalucía

      La Junta de Andalucía decidió institucionalizar el 16 de diciembre Día de la Lectura en Andalucía, fecha del nacimiento del poeta Rafael Alberti y del homenaje que en 1927 el Grupo Poético de la Generación del 27 rindió en Sevilla al poeta Luis de Góngora con motivo del tercer centenario de su muerte.
       Os invitamos a leer el manifiesto escrito por el poeta cordobés Pablo García Casado para conmemorar el Día de la Lectura en Andalucía 2011.

Contra el fuego

En 1996, un joven François Truffaut dirigió Fahrenheit 451, adaptación cinematográfica de la novela homónima de Ray Bradbury. Un relato que narraba en un hipotético tiempo futuro, en el que los libros estaban prohibidos, y debían ser quemados y sustituidos por pantallas de televisión. Porque una sociedad que aspiraba a ser perfecta debía evitar cualquier referencia al pasado, a que el ser humano pudiera preguntarte por su felicidad, por su deseo, por su lugar en el mundo. "No hacen felices a la gente, y por eso deben ser eliminados", respondía Gay Montag a una bellísima Clarisse encarnada por Julie Christie. Este panorama implicaba subvertir incluso en valor de las palabras, hasta el punto de que "bombero", en el relato, era precisamente quien aplicaba el fuego a los libros: aquel que, de alguna manera, apagaba las llamas del deseo y de la memoria. Ese que late en las páginas de Faulkner, Cervantes o Camus.

      El adagio facilón nos dice que una imagen vale más que mil palabras. Pero esta afirmación recurrente puede ser leída también en sentido contrario. Porque si digo "bosque" estoy nombrando las penumbras africanas, los fríos noruegos o la oscura multitud de una calle nocturna en el sudeste asiático. O un lugar no escrito. O un no lugar. O un desierto. Porque pantalla y libro, palabra e imagen no se oponen entre sí: se afirman, sirven de muto alimento. Muchos nos acercamos al Julio César de Shakespeare gracias a Mankiewicz; nadie como Brando narró antes ante las masas que se agolpaban en cientos de salas de cine el discurso de Marco Antonio. Y qué genial guionista encontró el director norteamericano en el dramaturgo inglés para representar estas metáfora precisa del poder y de la política.

      Por eso, a pesar de las insidias interesadas de los apocalípticos, la pantalla y el libro han cultivado la amistad y han crecido juntos. Juntos conforman el presente de nuestra memoria. Levantarse cada día para luchar por ellos merece la pena. No siempre es un trabajo grato. Contra la cultura, contra el libro y las películas, siempre hay megáfonos y demagogia, ventajismo de quien nos llama parásitos del sistema. Gente con la boca ancha y la mirada estrecha. Gente que estaría dispuesta a activar, en aras de nuestra seguridad, el pulsador del lanzallamas, y quemar a Proust, a Miller, a Polanski o Von Trier. Gente que parecen honrados vecinos de domingo, pero cuyas actividades no difieren demasiado de los talibanes afganos o los secuaces de Terry Jones.

      Por eso, antes de que la vida nos lleve a exiliarnos en un país de mujeres-libro o de hombres-película, debemos defender este territorio ganado a la ignorancia, porque son un activo contra la sumisión. Por eso debemos estar alerta ante esos discursos incendiarios que prenden fácilmente. Y los libros lo hacen a una temperatura de 451 grados Fahrenheit. Y las películas, incluso menos, a 410.  

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