jueves, 23 de febrero de 2012

28 de febrero, Día de Andalucía

     Ante la proximidad del Día de Andalucía, están teniendo lugar en nuestro Centro distintas actividades, entre las que destacan el desayuno ofrecido por la Asociación de Madres y Padres de Alumnos  los días 23 y 24 y la lectura de poemas por parte de alumnado de 1º de ESO el viernes en la Biblioteca.
     Os invitamos a leer un texto muy bien documentado de Antonio Muñoz Molina en el que nos explica el origen de nuestra comunidad.


Mil años no es nada 




Andalucía y Al-Ándalus no son la misma cosa, pero lo que ahora llamamos Andalucía [una invención administrativa del siglo XIX] formaba parte hace mil años del territorio de Al-Ándalus que llegó a extenderse por el norte hasta Cataluña y que incluyó por el sur una parte del norte de África.
Para nuestra breve escala humana, mil años son una eternidad, pero si consideramos las largas duraciones históricas casi podemos decir, con parodia de tango, que mil años no es nada. La civilización clásica, egipcia o la china duraron intactas muchos más; Constantinopla permaneció más o menos idéntica a sí misma durante más de diez siglos: generaciones enteras de seres humanos han debido de vivir con la sensación de que el mundo era invariable, y de que las formas de vida cambiaban tan poco como el perfil de las montañas o como los ritmos del mar.
A nosotros no nos está permitida esa convicción de permanencia, que puede ser consoladora, pero también desesperante. Nosotros sabemos que lo que dábamos por más perdurable [la transparencia del aire, el sucederse de las estaciones] está siendo trastornado quizás de manera irreparable por los abusos de la depredación humana. También sabemos, afortunadamente, que las cosas no tienen por qué durar más por el simple hecho de haber durado ya mucho: que la pobreza o el atraso hayan existido siempre no significa que no debamos intentar abolirlos. Nos parece que no tenemos nada en común con las personas que vivían hacen mil años en los mismos lugares que habitamos nosotros. Pero sin darnos cuenta, al caminar por una calle de Granada o de Córdoba estamos repitiendo los pasos de gente que nos ha dejado su huella secreta e indeleble en nuestro código genético, del mismo modo que nos ha legado algunas cosas decisivas de nuestra vida de ahora. Miro por la ventana y veo en el jardín contiguo una palmera y un granado: me acuerdo de que esos árboles, que ahora forman parte del paisaje de cualquier campo o jardín andaluz, fueron traídos a estas tierras hace más de mil años por un exiliado, el primer Abderramán de Córdoba, que teniéndolos cerca se consolaba de la nostalgia de su país de origen.
Exiliados y fugitivos, viajeros vocacionales o forzosos, han traído y llevado lo mejor de cada civilización a lo largo de estos mil años. De no haber sido por los viajeros que traían de Oriente, como si fuesen tesoros, los manuscritos de la ciencia y de las filosofías griegas, Europa no habría conocido una parte de la renovación técnica e intelectual que acabaría dando origen al Renacimiento. Por estas tierras han viajados tan fértilmente las ideas como los tejidos de seda y las especias, y aquí llegaron hace cinco siglos los primeros frutos de un Ultramar que cambiaría nuestro mundo para siempre.
Pelamos una patata, partimos un tomate, nos preparamos un café y calculamos la cantidad justa de azúcar que nos lo hará más delicioso: para que se sucedan estos sabores y estos gestos cotidianos, ha hecho falta que a lo largo de este milenio las semillas del café viajaran desde Arabia hasta el extremo occidente, que los conquistadores españoles trajesen de las Indias la patata, el tomate, el pimiento, atributos elementales de nuestra cocina popular.
También hizo falta que existiera la vergüenza y el lento genocidio de la esclavitud, porque sin el trabajo y el dolor de los esclavos africanos no habrían podido existir las grandes plantaciones de caña de azúcar gracias a las cuales el chocolate se nos volvió dulce y el dulzor barato.
Pero en tantos siglos hay lugar para mucha gloria y para mucha vergüenza, para toda clase de maravillas y desastres. No tenemos mucho que ver con nuestros antepasados de finales del siglo XV, pero sin duda nuestro país habría sido menos oscuro y quizás algo más próspero de no suceder las expulsiones masivas de judíos y moriscos, un anticipo de limpiezas étnicas de las que aún no estamos a salvo. Y desde luego nos honra que uno de los primeros episodios de la libertad y la ilustración europeas sucediera en el Cádiz de hace casi doscientos años, donde se lanzó por primera vez el grito irreverente y constitucional de “¡Viva la Pepa!”.
También de ese impulso de libertad somos herederos, igual que de la negra intolerancia de nuestra última posguerra civil, y de las últimas grandes migraciones del milenio, las de esos millones trabajadores que en los años cincuenta y sesenta tuvieron que marcharse a climas más hostiles en busca de trabajo que aquí se le negaban.
Ya se ve que mil años no son nada pero dan para mucho. Da un poco de vértigo asomarse a un pasado tan largo, así que lo mejor es buscar un poco más de justicia y concordia en el presente y procurar dejarles una tierra algo más habitable a los que vengan detrás de nosotros.




Antonio Muñoz Molina, 1999-2000

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