martes, 17 de enero de 2017

Adiós a Ricardo Piglia

El gran escritor argentino Ricardo Piglia murió el pasado 6 de enero en Buenos Aires a causa de un paro cardíaco. Referente absoluto de la literatura nacional de los últimos 40 años, escribió libros centrales para el canon nacional, como Respiración artificial y Prisión perpetua. Padecía ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica) desde hacía años. 

Nacido en Adrogué en 1940, estudió historia porque decía que la carrera de letras le podía sacar el amor por la literatura. Sin embargo, con el tiempo, llegó a la Universidad de Letras como profesor. También enseñó Literatura Latinoamericana en Princeton (EE.UU.).

Su primer libro fue La invasión, un conjunto de cuentos que se publicó en la editorial Jorge Álvarez, puntal de las editoriales independientes y de culto de los años sesenta. Luego vendría Nombre falso y, en 1980, Respiración artificial, novela metaliteraria que causó un terremoto en la tradición argentina. 

Fue también un ensayista fino y sofisticado y un lector persistente de los cruces entre literatura e historia. De sus libros de crítica y pensamiento se pueden mencionar Crítica y ficción, Formas breves y El último lector.

El proyecto más importante de su vida, decía él, eran sus diarios personales, que se empezaron a publicar hace dos años y de los que ya salieron los dos primeros tomos, bajo el título de Los diarios de Emilio Renzi, en alusión al alter ego que habita muchos de sus textos más conocidos. Para septiembre de este año se espera el tomo final, siempre por la editorial española Anagrama, que a principios de siglo reeditó toda su obra y le dio visibilidad europea a su literatura.

Entre los muchos premios que se le concedieron, caben destacar el Rómulo Gallegos, el Formentor y el Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas. Su obra está traducida a más de quince lenguas y ha sido llevada al cine.

Fuente: 
http://www.clarin.com/sociedad/murio-escritor-ricardo-piglia_0_S1NQ8d6Hg.html


Os invitamos a leer un fragmento de su novela Prisión perpetua.

En marzo del 57 abandonamos medio clandestinamente Adrogué, un suburbio de Buenos Aires donde yo había nacido y donde había nacido mi madre, y nos fuimos a Mar del Plata, una ciudad que está a cuatrocientos kilómetros al sur de la provincia de Buenos Aires. Subimos los muebles a un camión, yo viajé entre las sogas y los bultos; sentado en un canasto de mimbre miraba pasar las poblaciones, las vacas, la mansedumbre idiota de la llanura. En Mar del Plata, el amigo de un amigo le consiguió un lugar donde abrir un consultorio. A los cuarenta años iba a empezar de nuevo. Se daba ánimo pero ya no se repuso y antes de morir, veinte años después, seguía aferrado al rencor que produce la injusticia.

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