martes, 1 de marzo de 2016

Luto literario

El pasado 19 de febrero falleció Umberto Eco, escritor y profesor universitario italiano mundialmente conocido por su novela El nombre de la rosa
Eco nació en Alessandria el 5 de enero de 1932. Después de estudiar en la universidad de Turín, trabajó para la RAI (Radio Audizione Italiana) desde 1954 hasta 1959, y fue profesor de estética en Turín entre 1956 y 1964. Más tarde, dio clases en la Universidad de Milán durante dos años, antes de convertirse en profesor de comunicación visual en Florencia en 1966. 
Durante esos años publicó sus importantes estudios: Obra Abierta (1962) y La estructura ausente (1968). Entre los años 1969 y 1971 dio clases en la Universidad Politécnica de Milán, y en 1971 pasó a ser profesor de semiótica en Bolonia. 
Al mismo tiempo que sus trabajos teóricos sobre el análisis de los signos y los significados ha influido y creado escuela en círculos académicos, Eco se ha hecho popular a través de dos novelas, El nombre de la rosa (1981) una historia detectivesca que se desarrolla en un monasterio en el año 1327, y El péndulo de Foucault (1988), una fantasía acerca de una conspiración secreta de sabios. Ambas novelas se basan en los amplios conocimientos que Eco ha ido adquiriendo sobre filosofía y literatura. El nombre de la rosa fue adaptada para el cine (1986) por el director francés Jean-Jacques Annaud. Sus obras más recientes son Baudolino, del año 2000, La Misteriosa Llama de la Reina Loana, de 2004, El cementerio de Praga, del año 2010, y Número cero, que fue publicada en 2015.

Fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, miembro de la Academia Europea de Yuste y es del Foro de Sabios de la Unesco.

Fuentes: http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1672
http://www.elmundo.es/cultura/2016/02/20/56c7ab5dca4741944c8b456c.html  



    Era una hermosa mañana de finales de noviembre. Durante la noche había nevado un poco, pero la fresca capa que cubría el suelo no superaba los tres dedos de espesor. A oscuras, enseguida después de laudes, habíamos oído misa en una aldea del valle. Luego, al despuntar el sol, nos habíamos puesto en camino hacia las montañas.
    Mientras trepábamos por la abrupta vereda que serpenteaba alrededor del monte, vi la abadía. No me impresionó la muralla que la rodeaba, similar a otras que había visto en todo el mundo cristiano, sino la mole de lo que después supe que era el Edificio. 


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